Fue su salto, lo bastante suyo como para que coreografiaran con él las marcas identitarias y las denuncias que eyectaron del primer Bad Bunny, después de “El apagón”. Y lo han venido envistiendo, gesto a gesto, de una aureola rebelde y contestaría, con no pocas brazadas independentistas. Pero, lo que ni él, ni lo que han levantado esa gran ola de impresiones del día después, lo que ningún analista podría asegurar es la real resonancia, en cuerpos y en actos, del Super Tazón de Bad Bunny, del diseñado y trasmitido en el devenir de los supertazones recepcionados y hasta hoy circulando. Ni estimar sus saldos o trascendencia transformadora.
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Con qué ritmos y con cuáles maquinarias se interconectará. Si con esa “cierta manera” caribeña de la que hablaba Rojo, para conjurar violencias, o si mayoritariamente sincroniza con esos otros ritmos reactivos y fragmentadores impuestos por el tecnopoder de la “Unait Esteit”. Si su “perreo” quedará en un ladrido o llegará más allá de los bordes y la polémica fugaz y personalizada, modulada por los medios de infocomunicación y los algoritmos de las redes sociales. Si lo salvamos o se lo traga la maquinaria postindustrial que en el Super Bowl se ha proyectado hasta ahora, para reproducir la lógica competitiva del capital y el credo estadounidense de superioridad mesiánica. Y cuál Bad Bunny gana, o se gana el show bussiness, al monigote primero o al de Debí Tirar más fotos.
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El de Bad Bunny en California fue un torrente simbólico, un denso collage de signos, que cayó en un gran océano, con otros muchos significantes y matrices de significación, en unos de los tazones del soft power imperial. Evoluciona en un contexto político y cultural complejo. Y en una cadena maquínica, de flujos e interrupciones, de ritmos interiores conectados a ritmos exteriores, de desórdenes que esconden formas de orden, y viceversa. Vectores imantados por el Gestalt hegemónico, envestidos de una racionalidad capitalística y neoliberal.
El perreo de Ocasio porta unas frases rítmica muy de acá, que por acá sintonizan vibraciones del “Continente negro” envueltas en formas culturales híbridas, con esas “ciertas maneras” de los “pueblos del mar” de abrazar y aplatanar lo que viene. De ahí que resulte bocanada, de orgullo y de esperanzas, las de vivir las diferencias en una gran casa, panamericana. Ìmpulso loable, pero limitado en su alcance, mediatizado, ecualizado en máquinas trade mark, que tienen dueños de allá, con intereses distintos.
El ritmo que amplifica y tal alegrón concita es un vector resumen, en plena sumatoria de balances, bosquejos de un meta-archipiélago, el del Caribe globalizado y desterritorializado. De ritmos externos al que se conectan ritmos interiores, el meta-ritmo boricua al que se conectan los ritmos interiores de los boricuas que bailan y sufren apagones en Puerto Rico y los también interiores de los que bailan y sufren el acoso del ICE en el Bronx. Expresiones caribeñas ahora seleccionadas para representar lo “latino”, otro artefacto externo, en tanto modo ficticio para nombrarnos.

Las que fluyen más lejos solo si se re-producen por estas maquinarias trasnacionales, diseñadas y gestionadas para producir y amoldar consumidores, para sincronizar sus ritmos a los ritmos exteriores del Super-Mercado Global. Ramillete de maneras de ser y estar y de moverse, glocalizadas por esas máquinas de dominación biopolíticas. Por ellas circulan y se filtran, se recodifican del modo que se aborten las articulaciones posibles, para impedir resonancias. Es la actualización de viejas operaciones de colonización, mediante las más modernas maquinarias, que producen estigmas y cadenas, como la plantación fabricaba hace siglos.

No olvidemos que el capitalismo de consumo, ha resultado más eficaz con sus prácticas de seducción, que con las de imposición. Invierte millones para convertir a los ciudadanos en consumidores y para que estos se vean todo el tiempo tentados a intercambiar sus prácticas culturales autónomas por productos globales. Lo que hoy guía a los consumidores de la “Super Aldea” es la “identificación casi hipnótica con las imágenes del mundo difundidas por la publicidad y la cultura de masas”. Con ellas se trasmite la idea de que el paraíso no está en el más allá, sino en un VIP. La virtud garante de tal promesa, de la versión terrestre del paraíso, radica en el consumo. Se nos presenta el mundo como un gigantesco mercado, suplantando las clases sociales por dos bandos: los “zombis hiperactivois incluidos” y los “trapos humanos excluidos”. La salvación, como invoca el conejo, está en creer en ti, que es como sincronizarte con la ilusión dominante: todos podemos ser VIP o ser un Bad Bunny.
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El jersey de fútbol “americano” que usó tenía bordado en la parte trasera su segundo apellido, OCASIO, y el número 64 en la parte delantera. Todo en honor a su difunto tío “Cutito. “Lo poco que sé sobre la NFL es gracias a él”, “Siempre soñé con llevar a mi tío a un Super Bowl, pero no pude”, contó Benito. “Se fue inesperadamente, sin aviso”. Su tío era fanático de un equipo gringo, los San Francisco 49ers, el equipo local del Levi’s Stadium, y lo había adelantado en irse a Estados Unidos desde Puerto Rico. Número, traje y el propio Bad Bunny, resultan en un vector embebido de emociones, con significaciones y un sentido.
Lo que me hace recordar aquella pregunta de Carlos Alberto Montaner “¿Cómo sé qué quieren los latinoamericanos?” y que el mismo respondiera: “Es muy sencillo -se respondió-, siguiendo las tendencias migratorias”. Para el propagandista imperial lo que demuestra este vector es que la oferta de Estados Unidos es culturalmente superior a la que los latinoamericanos pueden encontrar en sus países de origen. Y ya sabemos lo que porta dicha superioridad, son cosas y signos, mercancías y marcas, experiencias de consumo en un espacio sin patrias.
Su lógica, como la de los que defienden el multiculturalismo, rueda sobre una postura esencialista de la “cultura”, tal como se enseña en las escuelas de negocio. Una perspectiva simplificadora, que asume a la cultura como “cosas” discretas en lugar de una mezcla común de fenómenos significativos de origen heterogéneo, para aglutinar y orientar. La cultura es reducida a una “programación mental”, a unos pocos rasgos característicos; las culturaras identificadas mediante etiquetas nacionales. Su corrimiento hacia el de un mero inventario de “cosas que hacen cosas”, de “unidades de análisis evidentes”.
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El discurso del multiculturalismo, según Zygmunt Bauman, tuvo su origen en el momento en que el poder pasó de los estados-nación a las corporaciones globales. Durante el régimen de construcción nacional a la era de la desregulación y la desconexión, de la modernidad “solida” a la “liquida”. Cuando las elites capitalistas predijeron que “la libertad de comercio e inversión pronto alcanzaría su limites si no se complementara con el derecho de quienes buscan empleo a ir donde los puestos de trabajo esperan ser cubiertos”. Cuando empezó a interesar que sus trabajadores orgánicos se ocuparan en “dar forma a la masa temporalmente informe” que emigraba a los países avanzados, para reacomodar el orden social, como garantía de sus privilegios. También hubo estrellas musicales entre los que utilizaron para asentar tal mantra.
Llegado a este punto, vale plantear que si la América de Bad Bunny no es la America de Trump, tampoco es la de José Martí. La del magnate es la de Monroe, el resto del continente para los estadounidenses, acuñando el robo del nombre impuesto por los colonizadores al continente todo. Tan poderosa, que al traducirse su comentario en inglés durante la gala de premiaciones de los Grammy (americanos), quedó como: “Todos somos estadounidenses”.
La del Super Tazón fue igual de confusa. Gritó América, con tilde, antes de mencionar a todos los países del Continente, latinos, anglosajones, francófonos…, incluyendo a USA y a Canadá. Pero al enarbolar ese “God bless América”, no aludió al continente, sino el idílico tazón multicultural, para los inmigrantes en Estados Unidos. Para más, si nos fijamos bien un carrito de piraguas, las botellas están etiquetadas con banderas y al lado de la de Puerto Rico está la de España. Lo que movería el panamericanismo hacia el panhispanismo, hacia la mezcolanza y la desorientación.
El salto se trueca asalto, de dudas en resonancia.

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