Allá por los comienzos de la década de los 60 del siglo pasado, los pescadores de Casilda solían contar por doquier que habían visto los barcos, los guardacostas, los destructores, y otras maneras de llamar las embarcaciones que rodearon a Cuba.
Los niños de la época escuchábamos hasta con alguna envidia a esos hombres de mar que más bien expresaban preocupación, pero la curiosidad infantil hacía querer ver lo que también denominaron cuarentena.
Al pasar el tiempo, nos enteramos que la tal cuarentena significaba esa cantidad de días, semanas o cualquier otro espacio de tiempo para mantener un aislamiento por algún motivo, en este caso, negativo para los confinados, pero no lo sabíamos.
Cuando retiraron los barcos, desde emisoras que transmitían desde afuera nos decían que ha habían levantado el bloqueo, lo cual causó alguna confusión porque dentro se afirmaba que las carencias eran por ese valladar que no dejaba pasar nada.
Los niños de la época pasamos a la adolescencia y desde los Estados Unidos de América nos estuvieron diciendo que no estaban aplicando un bloqueo económico, comercial y financiero, sino un embargo porque Cuba no quería pagar propiedades que eran de ese país.
La etapa juvenil y la adultez la pasamos escuchando la misma cantaleta: que no es bloqueo, sino embargo, y llegamos a la vejez septuagenaria y hasta octogenaria, y nos han dado la misma explicación, sin responder la más elemental de las preguntas.
Al menos en mi caso particular, ni una colega estadounidense muy conocida durante su carrera periodística, dio ningún argumento a favor ni en contra de por qué si era embargo, las medidas tenían carácter extraterritorial.
Eso sí: siempre expresó desacuerdo y hasta disgusto y preocupación porque las carencias provocaban todo tipo de penurias a la población cubana, y yo mismo fui blanco de sus observaciones para percibir la dura situación de vivir en Cuba.
Por los años 80 amainó la campaña de que la causa de las penurias era el Socialismo, pero en la siguiente década volvieron a la carga, pero esta vez con mayor fuerza incorporaron que la culpa recae sobre el gobierno por sus errores, equivocaciones y desaciertos.
También fue cobrando fuerza invisibilizar el bloqueo aplicado desde EE. UU. y sobredimensionar desmesuradamente al bloqueo interno, y para ello aprovechan aún hoy, las equivocaciones hacia las que inducen con las carencias creadas por sus medidas punitivas.
Y como que las decisiones ante los problemas son las posibles y suelen estar muy alejadas de las ideales, esa distancia entre lo que puede hacerse materialmente y lo que sería la mejor solución deja el espacio para introducir el calificativo de estado fallido.
A nadie se le había ocurrido rebautizar el embargo, ni sus representantes en la ONU han sido capaces de sortear dificultades lingüísticas ante el informe Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba.
Sin embargo, el imaginativo Donald Trump, con un arranque de creatividad, encontró el nuevo nombre: Presión. Lo preocupante es que luego de asegurar que ya había ejercido toda la presión posible, solo quedaba arrasar, un término que comentaremos en otra ocasión.
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