No era la diva de postal, sino una mujer que sin belleza convencional, cautivaba con su empatía brutal y un humor que paraba el tráfico en las calles habaneras y los cabarets del mundo. “Yo era muy mala, era muy fea pero simpática”: decía Juana.
La diva sigue cantando en la memoria de un pueblo que la ha hecho eterna. En este nuevo aniversario de su partida, la música cubana vuelve a pronunciar su nombre con el respeto y el cariño reservados a los artistas irrepetibles, esos que no caben en una sola etiqueta y que se quedan, para siempre, en la banda sonora de la vida cotidiana.
Su carrera fue un torbellino de extravagancia y genio: debutó en el Teatro Martí con la guaracha "Yo soy Juana Bacallao" de Obdulio Morales, reinó en Tropicana, Sans Souci y el Salón Rojo del Capri, compartiendo tablas con Benny Moré, Nat King Cole y Bola de Nieve.
No fue solo una voz singular, fue una presencia cercana, una manera de decir Cuba desde el escenario que hacía que cada concierto se sintiera como una conversación íntima con el público.
Grabó "Bailando con Juana" en 2017, fusionando mambo y timba, y cosechó distinciones como la medalla Alejo Carpentier por su entrega inquebrantable.
Su legado no se mide únicamente en discos, aplausos o premios, sino en la huella emocional que dejó en generaciones de cubanos y en quienes, desde otros países, encontraron en su interpretación un puente con la isla.
No es casual que en República Dominicana, primer país donde actuó, una calle lleve su nombre, es la prueba de que su arte se volvió parte del paisaje afectivo y urbano de esa ciudad, un gesto de gratitud de un pueblo que decidió no dejarla ir del todo. Caminar por esa calle es, de alguna manera, caminar junto a ella, acompañados por ecos de boleros, sones y canciones que, aun en silencio, continúan vibrando.
Hoy, cuando la recordamos, volvemos también a una época, a un modo de entender la música como acto de entrega y honestidad. Juana cantaba para compartir, para sanar, para celebrar, para nombrar dolores y alegrías que muchos no sabían cómo decir. En cada escenario supo ser puente entre lo popular y lo exquisito, entre la esquina del barrio y el gran teatro, con una naturalidad que solo tienen los artistas verdaderamente grandes.
Este aniversario no es solo una fecha en el calendario, sino una invitación a volver a escucharla, a redescubrir matices en su voz, a valorar la coherencia de una trayectoria que nunca traicionó su esencia.
En tiempos de fugacidad y modas pasajeras, su figura recuerda la importancia de los artistas que se quedan, que acompañan, que ayudan a un país a reconocerse a través de la canción.
Honrar su memoria desde la cultura es, también, tender la mano a las nuevas generaciones, para que sepan que antes de ellos hubo una mujer que convirtió la escena en casa y el micrófono en confidencia. Mientras su nombre siga en una calle, en una anécdota familiar, en una lista de reproducción o en la voz de quien la tararea sin darse cuenta, Juana seguirá viva donde siempre quiso estar, en el corazón de su gente.
Una vida de casi un siglo dedicada al ritmo y la emoción pura, recordamos su esencia indomable, una voz que no se borra, Juana la cubana, la última reina del desenfreno, la simpar que vive en los corazones que laten al son de su Cuba más viva.
Y si alguna duda quedara sobre quién fue realmente esta negra clásica, basta leerla en primera persona, disparando la peluca y contando su leyenda a su manera: Llegó Juana Bacallao, la reina del disparate, mito y carcajada, desparpajo y resistencia en cuerpo de mujer.
Salpica p’a lo mojao.
Ya déjate de petate,
En candela tengo el gao
y mi signo es calamar.
Soy una diva estelar
ni corta ni perezosa.
Cuba me tiene por diosa,
me tuvieron que evaluar.
Esta negra se hizo sola
por eso tiembla la tierra
cuando me pongo bien perra
y escapo a la camancola.
Resbalo sobre la ola,
soy arte que no caduca.
Me pongo a veces farruca
y me boto de salá.
Debuto en la madrugá
disparando la peluca.
Estremezco al cabaré
con mi don de negra clásica.
Soy una muñeca básica
de rumba, palo y bembé.
Llevo estrellas en traspié
y cumplí noventa y cinco
añales de brinco en brinco.
¡Lentejuelas con gandinga!
Asere, yo soy de pinga,
en las alturas me afinco.
¡Yo soy Juana Bacallao!

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