En la memoria sentimental de la televisión cubana hay rostros que no se olvidan. Algunos aparecen y desaparecen con el paso de los años; otros en cambio, permanecen.
Paula Andrea Alí Rivera pertenece a ese segundo grupo, el de las presencias que se vuelven historia. A sus 88 años, la actriz ha sido distinguida con el Premio Nacional de Televisión 2026, un reconocimiento que más que coronar una carrera, parece confirmar lo que el público ha sabido durante décadas; que su arte forma parte del tejido íntimo de la cultura cubana.
La noticia aprobada el pasado 9 de julio por el Consejo de Dirección del Instituto de Información y Comunicación Social, llega como una celebración compartida, porque hablar de Paula Alí, no es solo hablar de una actriz, sino de una época, de muchas épocas atravesadas por la evolución de la televisión, el teatro y el cine en la isla.
Nacida en 1938, en Candelaria, Pinar del Río, su entrada al mundo artístico tuvo algo de intuición y de destino. Comenzó como modelo en 1959, cuando la televisión cubana todavía buscaba su lenguaje. Pero muy pronto su presencia encontró un lugar más profundo, el de la interpretación. En el Teatro Martí primero, y luego en el mítico Teatro Estudio, donde su oficio se moldeó con rigor y sensibilidad. Desde entonces, su carrera ha sido una travesía sin interrupciones.
En la televisión, su imagen se volvió familiar hasta convertirse en parte del imaginario colectivo. Telenovelas como Enamorada del mar, Retablo personal o Las huérfanas de la Obrapía no solo marcaron hitos en la pantalla chica, sino que también dejaron personajes que aún dialogan con el presente. Más recientemente, títulos como Vuelve a mirar o Los hijos de Pandora han confirmado una vigencia poco común.
Pero reducir a Paula Alí a la televisión sería injusto. Sobre las tablas ha construido algunos de los momentos más intensos del teatro cubano contemporáneo, ha sido Bernarda, Celestina, Yerma, ha habitado los conflictos, las pasiones y las contradicciones de personajes universales, siempre con una verdad escénica que desarma. Directores como Vicente Revuelta, Berta Martínez o Carlos Díaz han encontrado en ella una actriz capaz de sostener, desde la precisión, los desafíos más complejos.
En el cine, su rostro también ha acompañado historias esenciales, desde Cartas del parque, hasta Lista de espera o Nada, su presencia ha enriquecido relatos donde lo cotidiano y lo simbólico se entrelazan. Su reconocimiento en el Festival de Cartagena de Indias como Mejor Actriz, confirmó más allá de las fronteras, la dimensión de su talento.
Quizá uno de los rasgos más notables de su trayectoria sea su capacidad de adaptación; ha transitado géneros, formatos y épocas sin perder autenticidad. Del dramatizado clásico al humor, del escenario íntimo a la pantalla grande, Paula Alí ha sabido reinventarse sin traicionar nunca la esencia de su oficio.
El Premio Nacional de Televisión, instituido en 2002 y otorgado en el contexto del aniversario de la televisión cubana cada 24 de octubre, encuentra en ella una destinataria natural. No se trata solo de una suma de obras o reconocimientos, sino de una relación sostenida con el público, de una ética artística construida a lo largo del tiempo.
Hoy, cuando su nombre vuelve a ocupar titulares, lo que se celebra es algo más profundo que una distinción. Se celebra una manera de entender la actuación como entrega, como disciplina, como acto de memoria. Porque en cada personaje suyo hay algo que persiste: una mirada, un gesto, una emoción que resiste el paso de los años. Paula Alí no solo ha interpretado historias, ha ayudado a contarlas para todo un país.

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