La política exterior de Washington hacia Cuba ha transitado históricamente por los senderos de la coacción, pero la actual administración parece decidida a desdibujar la línea entre la presión diplomática y el acto bélico.
Con una votación de 51 en contra y 47 a favor, el bloque republicano frenó una resolución impulsada por los demócratas que pretendía impedir al presidente Donald Trump emprender acciones militares contra Cuba sin la aprobación del Congreso. La iniciativa, defendida por figuras como Tim Kaine, Adam Schiff y Ruben Gallego, pretendía bloquear el uso de fuerzas estadounidenses en lo que califican como “hostilidades no autorizadas”.
El argumento del senador Kaine fue tan lapidario como lógico: “Si alguien le hiciera a Estados Unidos lo que nosotros le estamos haciendo a Cuba, sin duda lo consideraríamos un acto de guerra”.
Desde la visión de los promotores de la resolución, las maniobras para interceptar cargueros y castigar a terceros países que comercian petróleo con Cuba no son simples "sanciones". Son, en la práctica, un bloqueo naval ilegal, una táctica de guerra económica que busca generar una crisis humanitaria para forzar un cambio de sistema. Al declarar a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria”, la Casa Blanca se ha otorgado a sí misma una suerte de patente de corso para actuar por encima del derecho internacional.
La preocupación de los legisladores demócratas —y de los republicanos Rand Paul y Susan Collins, que se unieron a la iniciativa— no nace del vacío. El historial reciente de la administración Trump es un catálogo de intervenciones sin permiso parlamentario:
- Ataques contra embarcaciones en el Caribe
- Acciones contra Venezuela que culminaron en el secuestro de su líder constitucional
- Conflictos directos con Irán en alianza con Israel
Bajo este esquema, la frase pronunciada recientemente en Miami, “Cuba es la siguiente”, deja de ser retórica electoral para convertirse en una amenaza operativa. Mientras la Constitución estadounidense dicta que solo el Congreso puede declarar la guerra, la realidad política muestra un Ejecutivo que utiliza las "operaciones a corto plazo" como un cheque en blanco para la agresión.
Desde Cuba la respuesta ha sido firme. Las autoridades cubanas han denunciado que presentar a Cuba como un "Estado fallido" o una "amenaza" es la construcción de un pretexto cínico para legitimar una invasión o un endurecimiento mayor del cerco. Con daños acumulados que superan los 170 mil 677 millones de dólares, el bloqueo no es una abstracción, sino una guerra silenciosa que ahora busca uniformarse de intervención militar.
El rechazo de esta resolución en el Senado deja la puerta abierta a la arbitrariedad. En un mundo que clama por estabilidad, el uso de la fuerza como primera opción —y no como último recurso— coloca no solo a Cuba, sino a toda la región, en un escenario de peligroso desequilibrio.

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