Si tu vida amorosa fuera un crucero de lujo, ¿en cuántos puertos te atreverías a atracar? En cada salida al mar, ¿elegirías siempre la misma ruta, el mismo clima, la misma tripulación?
Observa la gente a tu alrededor: hay quien se acerca mucho a las orillas, pero ninguna le parece lo suficientemente segura para apreciar sus placeres y elige satisfacerse sólo con lo que lleva a bordo desde el nacimiento.
También hay quien teme el vértigo de la navegación y se lanza al primer trozo de tierra, por muy inhóspita o cenagosa que se vislumbre, y su alma queda ahí, atrapada, hasta la muerte.
Entre ambos extremos, ¿cuántas opciones hay? ¿Cuáles has explorado? ¿Qué tan profundo es tu miedo a los arrecifes del prejuicio? ¿Qué tan oxidada está el ancla de la rutina en tus acciones cotidianas? ¿Cuántas maniobras te lanzas a intentar?
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Crucero al fin, se supone que nuestro viaje erótico-afectivo ha de ser deleitable desde que sacas tu primer boleto hasta que decides carenar en el último destino.
Se supone también que te permitas abandonar tu propia cáscara de nuez, por muy segura y disfrutable que resulte, y te zambullas de verdad en el océano para experimentar la vida en todos sus misterios, y luego, sin rencores ni deudas, encalles dulcemente en una rada confiable.
Pero esas son meras suposiciones… En la práctica, ¿qué has hecho? ¿Qué tan lejos has llegado en la aventura de conocer otros modos de pensar, amar, vivir y entregarse hasta ver amaneceres no descritos en casa?
Derroteros del amor hay muchos, y formas de acceder también. Lo más convencional es viajar en pareja (la misma o cambiante a lo largo de la vida), pero más gente de la que sospechamos se erotiza sin compañía humana, o con más de una persona a la vez, y hasta en comunidades (tangibles o virtuales), porque sin ese ambiente no viven a plenitud sus fantasías.
¿Mi consejo? ¡Elige lo que te apetezca y cambia cuando sea oportuno! Sólo no olvides que lo único común en cualquier carta náutica que abras es esa discreta flecha Norte-Sur colocada en una esquina para ayudarte a orientar tu brújula.
¿La has visto? ¿Sabes qué significa? Pues eso: pase lo que pase y mires hacia donde mires, cuida de no perder tu verdadera meta. Tus coordenadas de partida mudan a cada instante, pero tu proa siempre es tuya, incluso si la apremia el viento.
Más allá de etiquetas que encasillen apariencia y deseos, que distingan objetivos y prácticas, que modelen estilos de relaciones para sancionarlas o ensalzarlas, mantén el deseo de bogar en cualquier corriente y procura mantener bien cerca al único amante que nunca te traiciona: ¡tú!
No es egoísmo, es practicidad. Si no te amas, no te gustas, no te disfrutas, no entrenas tu placer tanto como tu entrega al deber, ¿a quién vas a atraer en este viaje vitalicio?
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Releo lo escrito. Planeaba hablar sobre monogamia y pareja abierta, relaciones tóxicas y confianza restauradora, exclusividad creativa y responsabilidad incluyente… Quería confesar las paralelas, triángulos y otros polígonos en que me he visto involucrada (no siempre con mi consentimiento). Pero desistí.
Ninguna vida alcanza para mostrarlo todo. Ningún esquema simplifica la riqueza de prácticas y vínculos que somos capaces de recrear, en tanto individuos y especie, para ejercer el amor como instinto y derecho.
Entonces, ¿importa el modelo de barco, la ruta, el destino, la tripulación, los muchos medios de que nos auxiliamos para hacer más divertido el viaje?
Yo creo que no…
Creo que importa más no descuidar tus necesidades y anhelos para ser, en primera instancia, tu propio amante a la deriva. Puedes ser fiel al manifiesto declarado al iniciar cada itinerario porque eso te reporta estabilidad.
Pero sin rigidez, porque todo cambia: los pasajeros suelen ser fieles a sus propios deseos. Los puertos mudan su hospitalidad según le época. Las corrientes sociales son volubles…
Incluso las tormentas que sacuden el alma llegan de forma impredecible, demoledora, cruel, nos descolocan y hacen sentir vulnerables.
Pero son cortas. Ridículamente cortas…
Eso se aprende con los años, cuando dejamos ir los ecos de cada travesía y renunciamos a culparnos ante cada naufragio.

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