Un amigo de una amiga le contó que por mera curiosidad empezó a chatear con una joven religiosa, dispuesto a provocarla para ver hasta dónde llegaría su recato. Para su sorpresa, no pasó mucho tiempo antes de que la virtuosa novia le enviara un entusiasta video de autocaricias, pepino incluido.
Pobrecito, seguro entró en shock: queriendo burlarse de los dogmas de la chica, terminó por caer de bruces en el desamparo de sus propios prejuicios. Si antes la juzgaba mal, ahora debe tener pesadillas en cada menguante y difícilmente comerá ensalada en un buen tiempo.
Él puede pensar (y divulgar) lo que quiera, yo digo que es todo un malentendido. En definitiva, la fe es un asunto bastante voluble y personalizado. ¿Y si para ella el “pecado de la carne” no está en masturbarse, sino en hacerlo con algo del reino animal porque su dios es vegetariano?
Si revisamos los textos sobre religiones milenarias, supersticiones y pequeñas creencias paganas, se puede decir que un 40 por ciento de sus contenidos versa sobre guerras o castigos y un 50 por ciento revela intrigas de alcobas y linajes, así que confundir religiosidad con pacatería sexual es infantil e inexacto, según las evidencias históricas.
Como no sigo una fe en particular (prefiero estudiarlas), juzgo por mis amigas expertas en la materia: desde la ferviente católica con cuatro hijos hasta la que reza en sánscrito para los más de mil devas hindúes; pasando, claro está, por las gozonas sincréticas del panteón yoruba-cristiano, las que no dan un beso sin consultar el horóscopo o el I-Ching y las ateístas que elevan plegarias a Rubiera o al dios Dinero, según sea su plan de conquista.
En realidad, no conozco a nadie absolutamente materialista. Lo más cercano a un incrédulo nivel máximo es mi propio hijo, pero eso es pura incoherencia: ¿cómo se puede ser físico nuclear y dudar de la energía que nos rodea?
Claro, una cosa es la creencia en algo superior y otra es la rutina de comunicación devocional, que sí depende de la gente, las edificaciones, la estética, la música y la tradición de cada culto. Lo curioso es que algunas personas cambian cada semana de amante, otras tienen una nueva epifanía mística en ese mismo tiempo y en no pocos casos lo primero depende de lo segundo, o viceversa.
Ah, y esa relación no es algo que me estoy inventando: hay estudios neurológicos que lo demuestran con mucha seriedad, desde el globalizado factor ¡Oh, Dios! del momento cumbre hasta la similitud entre el éxtasis erótico y la epifanía devocional, pues ambos activan las mismas estructuras del hemisferio derecho del cerebro, como el lóbulo temporal.
No es de extrañar que funcionen tan bien los métodos para combinar sexo y espiritualidad a plena consciencia y conectarse con esa Presencia a través de la entrega a otro cuerpo (o al propio). Como el Tantra, sí… pero de eso ya he hablado bastante por acá.
(¡Ah, sí! antes de que lo olvide: el otro por ciento que no mencioné arriba habla sobre comidas y bebidas. El dato no es relevante para el tema de hoy, pero como tenemos varios lectores con TOC prefiero aclararlo, no vaya a ser que me maldigan por no completar la suma y me dé por estornudar toda la semana).
En resumen, el dichoso pecado ancestral ya no tiene nada de original a estas alturas, y por muy mal que hablen algunos viejos textos de ese increíble placer, todos terminan reconociendo su función inspiradora para avanzar como especie, porque si el sexo no fuera divertido sólo copularíamos unas pocas veces por mero mandato reproductivo.
¡Ah, sí! Lo otro en común entre sexo y religión es la necesidad de confianza entre participantes y disciplina para que todos los rituales salgan bien. El amigo de esa amiga no lo sabe, pero seguro la chica escoge bien cada pepino y lo consagra antes de usarlo, y a lo mejor se lo come luego con un íntimo deleite especial…

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