En 1975 se celebró por primera vez el Día Internacional de la Música, la fecha se había escogido dos años antes, en el encuentro entre un violinista británico y un compositor soviético. En plena Guerra Fría los músicos Yehudi Menuhin y Boris Yarustowski decidieron dedicar un día entero a la música en todo el mundo. Este día fue creado con tres propósitos fundamentales: difundir el arte musical en todas las capas de la sociedad, aplicar los ideales de paz y amistad entre los pueblos y favorecer el intercambio y el aprecio mutuo entre culturas distintas.
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Por esa razón cada 1 de octubre, el Consejo Internacional de la Música —organismo fundado por la UNESCO en 1949— convoca el Día Internacional de la Música. Sin embargo, esta no es la única fecha que celebra este arte en el mundo. El 22 de noviembre conmemora a Santa Cecilia, patrona de los músicos, una tradición que se remonta al siglo XV y que llegó a América Latina a comienzos del siglo XX. Por otro lado, el 21 de junio, desde 1982, se celebra la Fiesta de la Música, nacida en Francia por impulso del ministro de Cultura Jack Lang para fomentar la música como una disciplina callejera, gratuita, participativa, coincidente con el solsticio de verano.
Tres tradiciones, tres lógicas: la institucional, la devocional y la democrática. La música cubana participa de las tres. Y por eso, hablar de la música cubana en el Día de la Música no es solo un ejercicio de homenaje: es una manera de preguntar qué significa hoy hacer música en un país que ha convertido el arte en una forma de resistencia.
La tradición
La historia musical de Cuba es una crónica de fusiones. Melodías españolas, ritmos africanos, salones europeos y espíritu improvisatorio caribeño se entrelazaron durante siglos para dar forma al son, el bolero, el mambo, el cha-cha-chá, la rumba y tantos otros géneros. Sobre esa base se irguieron generaciones de artistas que los encarnaron con nombre propio.
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Omara Portuondo es una de las voces más persistentes de esa tradición. Su carrera abarca más de siete décadas, desde el filin de los años cuarenta hasta el fenómeno global del Buena Vista Social Club en los noventa. Su timbre conserva una cualidad casi contradictoria: íntimo y vasto a la vez, frágil e inquebrantable. Sus grabaciones constituyen una antología de la canción popular cubana: Tres palabras, Quizás, quizás, quizás, Veinte años, Lágrimas negras, Mariposas Blancas. Su impresionante trayectoria le valió en el 2019 un Latin Grammy a la Excelencia Musical y en 2023 otro Premio Grammy Latino, en esta ocasión al Mejor Álbum de Música Tropical Tradicional por Vida.
Ignacio Villa, más conocido como Bola de Nieve pertenece a otra época. Como pianista y cantante mostró un estilo interpretativo y una conciencia cultural muy ligada al arte afrocubano. Sus memorables actuaciones lo convirtieron en una de las figuras más reconocibles de la música cubana de mediados del siglo XX.
Compay Segundo es otra de las figuras icónicas de la cultura cubana. Aunque logró alcanzar fama internacional en la vejez, Máximo Francisco Repilado Muñóz incursiono en la música desde joven vinculándose con agrupaciones como artísticas de Santiago como el Cuarteto de Trovadores Orientales y el Cuarteto Hatuey. Chan Chan es probablemente una de las melodías cubanas más reconocibles en el mundo. Las canciones Guajira guantanamera, El cuarto de Tula y Se secó el arroyito cargan la memoria musical del oriente cubano y lo han convertido en un testimonio vivo de la riqueza cultural y la identidad de la región .
Pablo Milanés también representa otra de las grandes figuras de la canción cubana. Con su habilidad para fundir emoción personal en cada una de sus letras se ha ganado un espacio permanente entre lo mejor de la discografía cubana. Cofundador de la Nueva Trova, publicó más de cuarenta álbumes y ganó dos Latin Grammy. Su canción Yolanda, compuesta en 1970 para su entonces compañera Yolanda Benet, es quizá su canción más conocida. Por otro lado, sus baladas Para vivir, El breve espacio en que no está y Yo pisaré las calles nuevamente muestran su doble condición de poeta y cronista.
Silvio Rodríguez, junto a Milanés, forma la dupla esencial de la Nueva Trova. Su obra, de densidad poética y contención melódica representa a la rama más literaria de la canción de autor cubana. Reconocido en el mundo entero por temas como: Unicornio, Ojalá o Quien fuera, Silvio logro convertirse en parte indispensable de la discografía de muchas generaciones de jóvenes cubanos.
Y si se busca una prueba concreta de que la tradición sigue viva, la Orquesta Aragón es el ejemplo más elocuente. Fundada el 30 de septiembre de 1939 en Cienfuegos, no nació como proyecto de vanguardia, sino como orquesta bailable de barrio. Sin embargo, la persistencia de su estilo y la calidad de sus arreglos la convirtieron en institución cultural de primer orden. Su formato de charanga sigue funcionando a día de hoy para atraer a público interesado en la música popular bailable.
Sin embargo, toda esta tradición musical cubana no existe en el vacío, sino que florece en un país que enfrenta un bloqueo económico cuantificado. Entre el 1 de marzo de 2025 y el 28 de febrero de 2026, las afectaciones al sector de la cultura se cuantificaron en 435 523 400 dólares estadounidenses.
Las medidas del bloqueo limitan la promoción, difusión y comercialización de los talentos cubanos. De no existir, al menos diez orquestas cubanas podrían realizar giras anuales en Estados Unidos, generando ingresos aproximados de tres millones de dólares. La aplicación extraterritorial del bloqueo ha dificultado el intercambio de pagos de regalías entre la Agencia Cubana de Derecho de Autor Musical (ACDAM) y sociedades extranjeras, pues instituciones bancarias de varios países han rechazado procesar transacciones con el Banco Financiero Internacional.
Por otro lado, la Empresa Cubana de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) no puede vender directamente sus producciones en el mercado estadounidense: depende de intermediarios ubicados en Estados Unidos o en terceros países, lo que encarece los costos y retrasa las negociaciones. Los artistas cubanos enfrentan además dificultades para obtener visados y participar en eventos internacionales como los Latin Grammy; en 2024 no pudieron participar en grandes certámenes.
El impacto se extiende también a las plataformas digitales. Spotify, que aporta el 80% de los streamings generados por los catálogos cubanos, es una tienda a la que no se puede acceder desde Cuba para monitorear su funcionamiento y crear perfiles de los artistas, lo cual impacta en la promoción internacional de la cultura cubana.
El futuro también plantea interrogantes interesantes para el sector de la música. ¿Qué papel juegan herramientas como la inteligencia artificial?
Estas herramientas generativas permiten componer, interpretar y producir música sin intervención humana directa, lo que abre posibilidades inéditas pero también amenaza la subsistencia de los creadores. En un país donde la música es a la vez patrimonio y sustento, la IA puede ser tanto una aliada —para la preservación, la enseñanza y la difusión— como una fuerza que profundice la precariedad de los artistas.
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Para la industria de la música en Cuba, la IA representa una oportunidad y un riesgo. Oportunidad, porque permite producir y distribuir música con menos recursos materiales, en un contexto donde el bloqueo limita el acceso a tecnologías y plataformas. Riesgo, porque puede agravar la desigualdad entre quienes tienen acceso a las herramientas y quienes no, y porque la música cubana, como toda música, se sostiene en la experiencia vivida, en el cuerpo, en la historia. También surgen interrogantes sobre el aspecto ético del uso de estas herramientas en el arte.
La música cubana ha demostrado, a lo largo de más de un siglo, una capacidad extraordinaria de adaptación y persistencia. Desde las charangas de Cienfuegos hasta los experimentos con inteligencia artificial, pasando por el filin, la Nueva Trova, el son, la timba y el bolero, la isla ha producido un caudal sonoro que pertenece al mundo entero. Por eso, Artistas como Omara, Pablo, Compay, Silvio, Bola de Nieve y la Orquesta Aragón no son solo nombres en un panteón, son voces activas que a través de sus canciones dialogan y representan a un pueblo que ha aprendido a cantar incluso en las circunstancias más adversas.
Pero esa música no existe en el vacío. Existe en un país que enfrenta un bloqueo cuantificado en cientos de millones de dólares anuales, que impide giras, pagos de regalías, acceso a plataformas y visados. Existe en un mundo donde la inteligencia artificial redefine las reglas de la creación y la distribución. Existe, también, en una sociedad que sigue bailando, cantando y componiendo.
Celebrar el Día de la Música, en cualquiera de sus tres fechas, es celebrar esa resistencia. Es reconocer que artistas como Omara, Pablo, Compay, Silvio, Bola de Nieve y la Orquesta Aragón no son solo nombres en un panteón, son voces activas que a través de sus canciones dialogan y representan a un pueblo que ha aprendido a cantar incluso en las circunstancias más adversas.

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