Hay hombres que al momento de su despedida quedan nítidos en la memoria colectiva, como una frase dicha a destiempo, como una risa que sorprende al evocarla sin querer.
Así queda Jorge Losada Moreno, que este 5 de abril de 2026 ha cerrado los ojos en La Habana, a los 92 años, como quien baja el telón después de una función larga, intensa y profundamente humana.
Nacido en 1933 en el céntrico barrio de Belén, creció entre precariedad y picardía, mezcla que ha moldeado a grandes humoristas. «En mi barrio, si no tenías gracia, te comían vivo. Así que aprendí a soltar la lengua rápido, pero con cariño, que de eso se trata el humor, ¿no?», contó con su característica picaresca en entrevista para Juventud Rebelde en 1990.
Quizás por eso el destino lo empujó, sin demasiados rodeos, hacia el escenario. Durante más de seis décadas, Jorge Losada fue muchas cosas: actor, declamador, humorista, maestro. Pero fue sobre todo un cuerpo que habitó el teatro con disciplina y respeto, rostro inconfundible de la televisión cubana, y voz familiar en la radio.
«El actor que no respeta al público, se respeta a sí mismo menos», solía repetir en los pasillos del Teatro Musical de La Habana, donde pasó largas jornadas de ensayo. Y sin embargo, el humor siempre regresaba a él como un refugio natural.
Desde los años en Pateando la lata, donde su vena cómica encontró una complicidad directa con el público, pasando por A otro con ese cuento, espacio en el que reafirmó su madurez como humorista; Losada demostró que hacer reír era un acto serio.
En una presentación especial en el Teatro Karl Marx en 2015, antes de interpretar a un personaje dramático, bromeó con la audiencia: «Ustedes esperan que yo haga reír, ¿verdad? Pues hoy les voy a dar con la otra campana. La vida también es un drama, y yo soy actor, no payaso, aunque a veces me parezca».
Había en él una ética que no negociaba. Hablaba de la sinceridad, del rechazo a la mentira, del peligro de la doble moral, con la experticia de quien ha vivido lo suficiente para no engañarse. «La condición humana es nuestro espejo —decía sobre el arte cubano en la UNEAC en 2018—. Si el actor miente en la vida, ¿cómo va a decir la verdad en el escenario? Eso no me cabe en la cabeza».
Pero más allá de los galardones —entre ellos la Orden por la Cultura Nacional otorgada por el Consejo de Estado—, queda el recuerdo del hombre que nunca dejó de trabajar, que siguió actuando incluso en sus últimos años, y apareció por última vez en la telenovela Renacer, en digno acto de resistencia a abandonar del todo la vida artística.
Quienes tuvieron el privilegio de compartir sus espacios recuerdan la frase de cabecera tantas veces repetida en camerinos y en las tertulias de la esquina, un escueto pero cariñoso: «Dígame una cosa, ¿y usted cómo se llama?», enunciado con la sonrisa socarrona de quien busca robar unos minutos a la vida, para dar a cada persona la atención que merecía.
Su partida duele pues con él se va una forma de entender el arte, como manifestación humana rigurosa, honesta, profundamente comprometida con el público. Aunque en lo adelante su sonrisa pase a ser recuerdo, hay un refugio cálido para sus admiradores en cada obra que legó.
«¿Que me muero? —bromeó una vez en 2020 en entrevista para el programa Escriba y Lea—. No, señor, yo lo que hago es cambiar de canal. El actor no se muere nunca, se queda en standby, esperando el próximo llamado».
Por eso Jorge Losada Moreno permanece en las escenas que hizo creer, los chistes que desarmaban de la risa, los actores que aprendieron de su ejemplo. Permanece en la Cuba que lo vio nacer y que hoy lo despide con la gratitud de quien reconoce a uno de sus grandes hijos.

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